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sábado, 2 de octubre de 2010

LA SAUNA

LA SAUNA
Una de las actividades que tenemos los mayores es el gimnasio. Generalmente acudimos por las mañanas ya que se da la circunstancia que hay menos gente y se disfruta de un ambiente más cálido y acogedor. Terminada la sesión de ejercicios pasamos a la piscina, yacusi  o sauna.
La sauna es un sitio de relax pero también de charla. Un señor de edad comenta que aún tiene dos hijos que dependen de él, habla del mitin que el Presidente del Gobierno celebra hoy en Sevilla ( Paseo de las Delicias) y también de como hoy día todo el mundo está obsesionado con los viajes y las vacaciones.
Participo en la conversación y le digo que yo soy de la provincia de Jaén, a lo que una voz sale del fondo de la sauna y me dice  de que parte de Jaén  -y le contesto- pues de Baeza, pero casi toda mi vida he vivido en Rus que está muy cerca. La misma voz pero ya en un tono más cercano dice” pues yo soy de Lopera “,pensé que a todos sitios donde vayas te encuentras una persona de Jaén. Retomo la conversación y le digo que la vida ha cambiado mucho. Antes no se hablaba nada de vacaciones y menos de playas. De jóvenes nos bañábamos en las albercas de algún conocido que tenía una huerta. Eran aguas limpias, frías y la intensa  verdina nos impedía ver el fondo, pero la chiquillada disfrutábamos de lo lindo. Terminado el baño nos esperaba una buena dosis de frutas (higos, melones, sandias que el paciente dueño nos invitaba) y con ese panorama  cogíamos el camino caluroso y polvoriento y nos marchábamos a nuestras casas, eso sí, sin toallas pues que yo sepa en el presupuesto familiar no entraba ese gasto, además las existente eran blancas y grandes y no como las de hoy día de colores y funcionales.
Volvíamos con la ilusión al siguiente día a bañarnos y nos encontrábamos, que la alberca estaba vacía, el tío de nuestro amigo Antonio, había utilizado el agua la noche anterior, para regar el huerto, por lo que nos quedaba por esperar tres o cuatro días para que se llenara nuevamente, debido al chorro tan pequeño de agua que entraba en la alberca procedente del manantial. Nos volvíamos al pueblo, no demasiados contrariados, pero sí pensando qué tendríamos que inventarnos para ocupar nuestro tiempo.
Así  transcurrían nuestros días de vacaciones estivales, por supuesto sin trasladarles a nuestros padres el problema de nuestro aburrimiento momentáneo, porque no íbamos a conseguir nada. Ganábamos eso sí en independencia, creatividad y compañerismo y sobre todo no éramos una carga para los mayores.